Para todo mal un refrán y para todo bien, también.

jueves, 20 de octubre de 2011

Buena es la vida de aldea por un rato, mas no por un año

El lugar del mundo al que más cariño tengo es mi pueblo. Siempre que digo “mi pueblo” he de aclarar: no nací allí, ni vivo allí, lo llamo “mi pueblo” porque allí nació y vivió mi madre y es el lugar donde he pasado todos los fines de semana y vacaciones de mi vida.

Mi pueblo tiene menos de 50 habitantes en invierno, y aún con eso es uno de los más grandes de la zona. Está situado a la margen izquierda del río Esla, no muy cerca de la montaña ni tampoco de la vega, hecho que lo convierte en invisible para todos, al no ser ni uno de los más bonitos (como los de la montaña), ni de los más ricos. Pero para mí es el mejor, porque es el mío. Y ese es un sentimiento que, gracias a Dios, compartimos todos aquellos que “tenemos” un pueblo.

Y, ¿por qué yo, una persona que vivía en la ciudad y tenía al alcance de su mano infinidad de servicios, prefería pasar su tiempo libre en un pueblo? Os seré sincera: yo no siempre quise ir a mi pueblo los fines de semana. Cuando era pequeña lo pasaba muy bien allí. Supongo que cuando tienes 5 años, todo te parece enorme, incluso un pueblo de menos de 100 casas. Me sentía muy afortunada; mientras que mis compañeros de clase se tenían que quedar en su casa encerrados todo el fin de semana, yo podía salir a la calle con la bicicleta, dar un paseo por el monte, dar de comer a los conejos, subirme a los árboles… cambiar de aires definitivamente. Pero cuando todo eso se repite durante 15 años, los aires dejan de cambiar y se vuelven monótonos, sobre todo si tus compañeros de clase, esos que se tenían que quedar encerrados en casa cuando eráis pequeños, salen de fiesta todos los fines de semana y conocen todas las discotecas, y tú ahora eres la que se queda encerrada en casa en el pueblo, porque todo lo que hay por las calles del mismo te lo conoces demasiado.

Mas, con el paso de los años, te das cuenta de que esa amargada burbuja en la que te encierras cada fin de semana tiene que desaparecer. Porque todo lo bueno que tiene el pueblo no puede compararse con el hecho de salir todos los fines de semana (no lo estoy diciendo desde la ignorancia, algún fin de semana que otro sí salí).

Y es que, no os he hablado de lo que más me gusta de mi pueblo: la gente. Además de que parte de mi familia vive allí, tengo muy buenos amigos, que, gracias a que nunca dejé de ir, aún conservo. Algunos de ellos son parte de la escasa población que tiene mi pueblo habitualmente, otros, al igual que yo, van todos los fines de semana y el resto, recorre media España para pasar allí sus vacaciones de verano. Algunos mayores y otros más pequeños, somos todos muy diferentes, pero como a los chicos de Operación Triunfo, nos une una ilusión, y esa es la de ir al pueblo y poder aprovechar aquello que es exclusivo de él, por ser un pueblo, que no puede ofrecernos ninguna ciudad.

Pero, a pesar de este cariño que tengo a mi pueblo, no podría vivir en él. Antes, los que vivían en los pueblos decían “Buena es la vida de aldea por un rato, mas no por un año”, porque veían a esos domingueros que llegaban a visitar el pueblo y que no se daban cuenta de la dureza del trabajo diario de los labradores y ganaderos. Y pensando en ese dicho, me di cuenta de que si viviera en mi pueblo no disfrutaría de él tanto como lo hago al pasar allí mis días de asueto. Sobre todo, ahora, que estoy a 700 kilómetros de distancia.

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